26-8-2011 Los festejos por la caída de dictadores perdurables en el mundo árabe son atemperados por la incertidumbre y los obstáculos para reemplazarlos con democracias ordenadas, en países que solo han conocido gobiernos absolutistas desde que dejaron de ser colonias de potencias europeas. Las perspectivas en Libia luego del colapso del régimen de Muammar Gadafi ensombrecen la primavera árabe con los mismos nubarrones que siguieron al triunfo de los levantamientos populares en cadena, primero en Egipto hace ocho meses y rápidamente propagados a otros países de la región. Diferencias religiosas, tribales y entre elites sofisticadas y masas atrasadas siguen postergando un ordenamiento institucional estable.
Las principales figuras del Consejo de Transición Nacional (CTN), que representa a la triunfante insurrección contra Gadafi, fueron estrechos colaboradores del dictador libio hasta que desertaron gradualmente a medida que la rebelión se extendía con apoyo militar de las potencias occidentales a través de la OTAN. El CTN se ha dado un plazo de 20 meses para crear un sistema político de partidos y convocar a elecciones. Pero nadie sabe qué rumbo tomarán las 140 comunidades tribales de beduinos y otras etnias, centro tradicional del poder político y con profundas rivalidades entre ellas. Las más poderosas fueron primero la base del régimen de Gadafi, decisivas luego en su caída cuando le retiraron el apoyo y un factor de profunda incidencia en el curso futuro de Libia.
Los problemas internos, religiosos y sociales, han sido traba importante en las naciones que se van librando de sus dictadores. En Egipto persiste la violencia entre comunidades musulmanas y los cristianos coptos, que se consideran los verdaderos egipcios por ocupar el país desde antes del surgimiento del islam. En Túnez, país con nivel educacional más alto que otros de la región, la elite laica de las ciudades costeras se opone a traspasar su tradicional poder político al mayoritario Partido Islamista, de profunda raíz religiosa.
Divisiones parecidas se reproducen en Yemen, Bahréin y ahora en Siria, donde el régimen hereditario de Basharal Assad reprime salvajemente, con miles de muertos, a los manifestantes que exigen su renuncia. Y en Líbano, durante décadas el país más desarrollado y estable del mundo árabe, con alternancia de musulmanes y cristianos en el gobierno, la organización extremista prosiria Hezbollah ha asumido el poder. Hezbollah es enemiga declarada de Israel, lo que agrega combustible al incendio permanente entre el Estado judío y los palestinos.
Es un dificultoso objetivo arduo crear democracia en sociedades que nunca la han conocido y en las que, en muchos casos, los clanes tribales, los agrupamientos religiosos y las luchas sectoriales por el poder pesan más que el sentido de unidad nacional. Pero es la meta en que deben poner empeño sus dirigentes de mayor visión y en la que tienen que ayudar las grandes potencias. Ya empezó a esbozarlo la Unión Europea en una reciente reunión conjunta de sus principales autoridades con dirigentes religiosos musulmanes, cristianos, judíos y budistas. Pero se necesita avanzar mucho más para que la primavera árabe avente las nubes y pueda florecer.
Una primavera con nubarrones
26/Ago/2011
El Observador, Editorial